🔥 WORK 🔥 CURATOR 🔥

[EN]

IGNA (Mexico City)

José Barbosa's (IGNA) artistic practice continually plays with the boundaries between his personal history and the visual languages ​​derived from navigating the internet. Focusing on drawing as a means of sensory translation, his body of work articulates an emotional archaeology of scrolling: images that emerge as remnants of compulsive browsing, where intimate archives and interconnected affectivity intertwine.

With a loose and playful technique—which contrasts with the pristine nature of screens—IGNA moves toward a critical space where the residual, the discarded, and the banal become expressive material. In doing so, he seeks neither to consecrate nor satirize popular culture, but rather to inhabit its ambiguity: to interrogate the limits between art and non-art, between the elevated and the despised.

[ESP]

IGNA (Ciudad de México) 

La práctica artística de José Barbosa (IGNA) juega continuamente con las fronteras entre su historia personal y los lenguajes visuales derivados de navegar en la red. Centrado en el dibujo como medio de traducción sensorial, su cuerpo de obra articula una arqueología emocional del scroll: imágenes que emergen como residuos de una navegación compulsiva, donde se entrelazan archivo íntimo y afectividad interconectada. 

Con una técnica suelta y lúdica —que se contrapone a la pulcritud de las pantallas— IGNA se desplaza hacia un espacio crítico donde lo residual, lo descartado y lo banal devienen material expresivo. Con ello, no busca consagrar ni satirizar la cultura popular, sino habitar su ambigüedad: interrogar los límites entre arte y no arte, entre lo elevado y lo despreciado.  




  

SOBREPRESENCIA, INCOMPRENSIÓN DEL PASADO Y NO FUTURO: IMPROVISACIONES DESDE UN HORIZONTE SIN SENTIDO


PLAGA 

(ARTIST)
HÉCTOR DORANTES

(CURATOR)
ALEJANDRO TENORIO

(GRAPHIC DESIGN)
E+E

(PHOTO)
MIGUEL DAVILA 
REGIMEN DE AHISTORICIDAD


El mundo que vemos está en proceso de pasar. Incluso resulta difícil verlo a medida que pasa. No podemos percibir naturalmente su lentitud, como tampoco podemos percibir su aceleración. Coexisten diversos tiempos, todos bajo el yugo del presentismo, entendido como una forma de experiencia del tiempo marcada por la velocidad constante y la preeminencia del presente sobre el pasado y el futuro. El presente es lo inminente, o como diría François Hartog: “el cuerpo del maratonista inclinado hacia delante en el momento de arrancar”. La intensidad enfática de esa experiencia habla por su propia presencia —sin tiempo, sin intérpretes, sin permiso—. Su maquinaria no cesa de producir y de consumir acontecimientos, con lo cual emerge un desfase, una tensión latente sobre cómo dar forma a un tiempo que se deshace en su fugacidad. De alguna manera se vuelve sobre sí mismo para anticipar la mirada que se echará sobre él cuando sea completamente pasado, como si quisiera hacerse obsoleto aun antes de haber sucedido como novedad.

Esta instalación no es una respuesta a ese desajuste, sino una alteración. No ofrece imágenes para ser entendidas en el tiempo, sino para ser sentidas fuera de él. Están arrancadas de su contexto y proyectadas para insertarse más allá del instante, intentando fijar lo que ya ha cambiado: en un año, un mes, un segundo. Total, el presente ya pasó. Pasó al comenzar a leer este texto y, al terminarlo, otro completamente distinto también ya pasó.

Así el cuerpo entra en un terreno deslocalizado; la dimensión se diluye frente al contorno, y lo lineal se fragmenta por la sobreexposición. Lo visible es exceso. Lo inmediato, saturación. No hay una sola manera de mirar. Carece de cronología, pero no la necesita. En su lugar, se superponen tiempos: el real y el virtual, el personal y el colectivo, el íntimo y el político. Esta simultaneidad desborda la secuencia y deja en suspenso aquello que se resiste a transcurrir. El arte ya no narra el tiempo, mucho menos pretende ordenarlo; expone sus fracturas, sus zonas muertas, y con ello aviva múltiples relatos nunca antes relatados. Héctor Dorantes reverbera la neurosis de esa volatilidad; rearticula un tiempo encriptado por la hipervigilancia de la nube y por el pulso errático de un periodo dislocado. En su ahistoricidad, algo vibra: una llamada a las sensibilidades más inmediatas, discontinuas, amorfas, fragmentadas.

Alejandro Alarcón